COLUMNAS

 

REFLEXIONES POST-ELECTORALES

Octavio Quintero

Junio 22 de 2010

Un amigo virtual de hace años, a quien he citado varias veces por sus agudos y lacónicos comentarios, me hace el favor de desatascarme las ideas tras la abrumadora elección de Santos como Presidente al decir: “El truco consiste en que el pueblo cree que eligió al tipo, y el tipo cree que lo eligió el pueblo.”

No se por qué pone entre comillas tan lapidaria deducción y, menos, por qué escribe a continuación el nombre de Luis C. Sarmiento, que, supongo, se refiere al banquero más exitoso de Colombia; exitoso, claro está, dentro del globalizado éxito financiero que consiste en robar a los pobres para dar a los ricos. Y lo malo es que no me atrevo ni siquiera a preguntarle, porque podría desvelar mi ignorancia ante un amigo, así sea virtual nada más, que, por sus despachos a mí, supone que soy inteligente.

Tenía la mente atascada –insisto- porque varios amigos que me llamaron tras el discurso de Santos me vendían la idea de que al hombre había que abrirle un compás de espera. Destacaban el hecho de que dijera cosas como que había que “pasar la página” de la polarización y los odios entre colombianos que –decían mis amigos- se refería a la polarización y el odio que entre los colombianos sembró en sus largos ocho años de gobernante el presidente Uribe; había que restablecer la concertación entre el gobierno y las cortes, concertación que, quién lo duda, se rompió en la humazón agitada por Uribe para camuflar los fallos judiciales en contra de sus íntimos, sus protegidos y hasta cercanos familiares.

Y luego me preguntaba: ¿Bueno, y los elogios a Uribe, como ese que le llenan los pulmones cuando dice… “Presidente Uribe, este triunfo es suyo”: o cuando ya, muy puntualmente le promete cuidarle los huevitos de la seguridad democrática, la confianza inversionista y la cohesión social.

De verdad que es para uno quedarse bloqueado sin saber qué creerle al nuevo mandatario de los colombianos: si de verdad va a doblar la doliente hoja para escribir una nueva página en la historia del país o si de lo que se trata es de seguir la plana con el todo vale.

Pero, les pregunto: ¿Qué puede cambiar Santos sin que moleste a Uribe? Porque, me supongo, el modelo económico neoliberal, lo va continuar; la política de la seguridad democrática, también; la confianza inversionista con su alto costo fiscal, seguirá empollándose al calor de su afecto; las bases militares gringas en tierras colombianas, si del viejo “cadete” dependiera, serían más y mejores. Y no hablemos, para no echarle leña al fuego antes de tiempo, de lo que pueda suceder con el curso de las investigaciones sobre los falsos positivos o sobre sus colegas de gabinete en el gobierno de Uribe, entre ellos los del sonado cohecho de la reelección en el 2006.

Por eso, a mis amigos que hablan de darle un compás de espera al nuevo gobierno les digo que eso sería como darle un compás de espera al olmo a ver cuando produce peras. En Colombia, ciertamente, el barco ha cambiado de capitán pero no de rumbo.

Por eso creo que en la lapidaria sentencia de mi amigo se resuelven bien éstas mis cavilaciones: el truco consiste en que el pueblo cree que eligió al tipo, y el tipo cree que lo eligió el pueblo.

Lo anterior no quiere decir que Santos no vaya a cambiar nada de Uribe. Pero no será por convicción sino por traición. Y en ese orden de ideas, entonces creo entender a los amigos que le han abierto un compás de espera. Si no fuera porque no creo en la traición como filosofía de vida, hasta los acompañaría en la vigilia.


 
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