No podemos recibir las encuestas políticas sin reserva de inventario por el hecho de que en un momento dado coincidan con nuestras preferencias electorales.
Y es que cuando a uno le va bien, merced a algo que considera manipulable como las encuestas, todo lo que puede hacer es agradecer al azar que así sea, pero no olvidar que ese azar puede en cualquier momento volver a decidir que así no sea.
Las encuestas son lo más parecido a las carreras de caballos en las que el grueso de apostadores se guía más mirando el tablero donde aparecen las tendencias, que analizando las condiciones de los competidores.
No parece saludable que la democracia siga soportándose en discutibles y cuestionables encuestas, que todas lo son, según el color del cristal con que se miren, que en unos partidos políticos sólidos, serios y fundamentados.
Por una u otra razón esto es así, y no como quisiéramos que fuera. Y eso es lo que debemos empezar a pensar como reforma política hacia el futuro, si no queremos que en cada elección (en Colombia ad portas, por ejemplo), Jorge Londoño o Napoléon Franco nos sigan imponiendo al Presidente.
Toda encuesta encierra una falacia inductiva en el sentido en que lo que arroja la muestra se eleva a opinión pública. Fue lo que en su momento combatimos quienes nos opusimos a la teoría del Estado-Opinión que argumentaba el oráculo de Uribe, José Obdulio, para justificar la pretendida atornillada del Presidente al solio
en tanto en cuanto el pueblo así lo quisiera.
Hoy, paradójicamente, los uribistas que nos gobernaron ocho años a punta de encuestas falaces, se resisten a creerlas y se niegan, inclusive, a opinar sobre ellas. Era lo que nos pasaba a nosotros hace un par de meses frente a la popularidad de Uribe (según las encuestas).
Los encuestadores han acumulado en estos tiempos de "mediocracia" tanto poder y respeto que, qué día, me resistía a creer lo que le oía al presidente del Consejo Electoral, confesando que le iba a preguntar a los encuestadores cómo querían que se expidiera una resolución regulándoles su actividad. Qué horror: el ente regulador sometido al criterio de los regulados. Pero, viéndole bien, no es raro eso en un país en donde también se doblega la política tributaria al capricho de los industriales; la política monetaria a los intereses de los especuladores financieros; la política laboral al gusto de los empresarios y la soberanía nacional a la imposición del Imperio.
Así como en su momento se arrebató el poder a los Príncipes para que surgiera la democracia en la trias politica de Montesquieu, hoy, para que se preserve esa democracia, debe regularse el poder de las firmas encuestadoras y los medios de comunicación.
Es bueno decir esto cuando el azar nos favorece para, al menos, no tener cargos de conciencia cuando por cualquier circunstancia, "y el día esté lejano", una nueva emoción de Estado de opinión, nos vuelva a embargar.
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