COLUMNAS

 

REFLEXIÓN SIN CONCLUSIÓN

Octavio Quintero

Mayo 02 de 2010

Estoy por creer que la maldición más profunda que Yahvé descargó sobre la humanidad (habría que consultarle a Saramago), fue aquella que echó sobre nuestro Padre Adán cuando le dijo: "Ganarás el pan con el sudor de tu frente".

Antes de la maldición, el trabajo había dignificado al hombre, pues, según muchos sociólogos, lo único que nos diferencia de los animales es el trabajo. Entre esos sociólogos, Engels (el socio de Marx), presentó en 1876 un ensayo (citado por Marcelo Colussi en ARGENPRESS.info), que a la distancia de hoy todavía mantiene vigencia: "El papel del trabajo en la transformación del mono en hombre".

Especulando (por supuesto), podríamos pensar que cuando Yahvé expulsó a Adán del Paraíso, ya era un ser distinto a los animales: bien porque fuera, como dice la Biblia, que lo hizo a su "imagen y semejanza", o fuera porque, como establece Engels en el citado ensayo, el trabajo cumple la histórica misión de ir creando un ser cualitativamente nuevo a partir de una especie anterior.

Cualquiera podría argumentar que no es cierto que lo único que distingue al hombre de los animales sea el trabajo, y como ejemplo la laboriosidad de las abejas o las hormigas. Cierto: pero como no estamos hablando solamente de trabajar sino de evolucionar a través de ese trabajo, compárese por ejemplo lo que eran y hacían las hormigas hace 5 mil o más años y lo que son y hacen hoy, con lo que era y hacía el Homo Sapiens y lo que es y hace hoy.

Y ahí aparece la maldición: si en el pasado remoto, según Engels, el trabajo nos fue construyendo en seres cualitativamente nuevos hasta evolucionar de monos a hombres, en el presente, esa evolución parece cualitativamente regresiva al punto de poder decirse que poco a poco, a través del trabajo moderno, nos vamos volviendo esclavos del oficio, pegados a un computador (símbolo de la tecnología), haciendo siempre lo mismo como las hormigas o las abejas.

Parodiando a Engels, Colussi advierte que ahora lo que se vive a través del trabajo es una transformación del hombre en mono.

Tanto teólogos como sociólogos coinciden en que a Dios se le fue la mano cuando castigó al hombre con ganarse el pan con el sudor de la frente. A partir de entonces, y sobre todo posterior al cristianismo, intentando corregir el alcance de tan poderoso anatema, los teólogos afirman que el trabajo dignifica y los sociólogos que nos hace libres… Pero, como según todos, Dios es infalible, lo cierto es que el trabajo hoy en día nos cuesta un sudor amargo que, como rectificación a teólogos y sociólogos, poco o nada dignifica y menos nos hace libres, a no ser que los trabajadores de hoy en día, que también poco o nada se diferencian de los esclavos, se sientan muy dignos y libres tan sólo porque los amos de hoy ya no los subyugan a latigazos sino a punta de hambre.

 
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