COLUMNAS

 

LA TARJETA ELECTORAL

Ludovico Ariosto

Enero 21 de 2010

Como se aproximan las elecciones para Senado y Cámara de Representantes, conviene hacer la observación -que ojalá tengan en cuenta las autoridades electorales- acerca de la forma en que se ha venido diseñando la tarjeta correspondiente a cada una de esas corporaciones.


De un lado, la presentación de los respectivos logos de los partidos y movimientos políticos en la parte superior, con una serie de números en la parte inferior, no encaja en la previsión del artículo 263 A de la Constitución, que dice textualmente: “Cada partido o movimiento político podrá optar por el mecanismo de voto preferente. En tal caso, el elector podrá señalar el candidato de su preferencia entre los nombres de la lista que aparezcan en la tarjeta electoral”.


Como se ve, el voto preferente tiene sentido, como voto de opinión, en la medida en que el ciudadano identifique a su candidato favorito en el momento de sufragar, y no esté amarrado a la instrucción previa y probablemente interesada de quien le ha indicado un logo y un número que debe memorizar, o a una cartilla que se supone deberían entregar en todas las mesas de votación, y no entregan prácticamente en ninguna. Las confusiones son muy posibles, y las nulidades también.


De otro lado, se ha venido incluyendo en la misma tarjeta para Senado la circunscripción nacional y también la circunscripción especial indígena, con la posibilidad de voto en blanco en ambas, pero con la probabilidad de que los electores marquen ese voto en blanco en la circunscripción que no es, dando lugar al problema que ya se presentó en ocasión anterior, cuando increíblemente, en la circunscripción indígena, el voto en blanco pasó de la mitad más uno sin fundamento razonable que lo explicara.




 
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